Esbozo para una historia de los “guías lumínicos”: un siglo de modernidad educativa
- Eloy A. Ruiz-Rivera

- hace 3 días
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Los guías lumínicos
Desde que “sonaron los primeros campanazos de entrada al nuevo curso escolar, llevan levantados muy alto los estandartes simbólicos los guías lumínicos del trabajo educacional a favor de la cultura portorriqueña”.[1] En los agitados días de la Primera Guerra Mundial, los maestros de Camuy, como los de otros tantos pueblos, reclamaron su espacio social en las grandes campañas educativas que la guerra impulsó.[2] Mientras que “Camuy no abandona su puesto de honor y de patriota”, el magisterio de Luquillo reclamaba que “cuando termine la guerra nuestro pueblo pueda aparecer en la lista de aquellos que no escatimaron sus esfuerzos por ayudar a la Nación”.[3]
En el gran desfile escolar que recorrió las calles del pueblo, algunos niños camuyanos se vistieron como marinos de la armada americana, generales del Ejército, el Tío Sam y las “bellas figuras de la guerra”.[4] Sin embargo, lo que más me llamó la atención de la nota escolar del maestro rural Ricardo Firpi fueron los “lujosos trajes” de la Cruz Roja Juvenil que llevaban las niñas.[5] La Gran Guerra generó una amplia movilización social en Estados Unidos, como en muchos otros países, para convertir la escuela en uno de los principales dispositivos de la guerra.[6]
Mientras que en Camuy “los grandes pabellones aliados se agitaban coléricos en el espacio”, los estudiantes de otros pueblos se dedicaron “a la siembra de habichuelas, maíz, cebollas, papas, maní y otros frutos menores que han ayudado poderosamente a los Aliados”.[7] Así fue cómo en Camuy y Luquillo; en Boston y Connecticut; en Lille y La Basssée, en Francia; en Alemania y Bélgica; y tantos otros lugares, la pedagogía de guerra fue la orden del día. La Perla del Sur no fue la excepción y en la Ponce High School, en septiembre de ese año, un contingente de “trabajadores” de la Cruz Roja Juvenil consignó ante el lente fotográfico su evidencia visual de que sus 461 miembros recolectaron $269.05 para socorrer los horrores de la guerra.
La fotografía del grupo es una sentencia del poder escolar, de su capacidad para levantar una cantidad sustancial en la época y de la pujanza económica de la sociedad ponceña, cuya escuela superior se erigió en símbolo de civilidad y humanitarismo. Del conjunto fotográfico sobre la Cruz Roja en Puerto Rico disponible en la Biblioteca del Congreso y de las publicadas en la revista Puerto Rico Ilustrado, estas imágenes representan una faceta auténticamente escolar de esa organización internacional. Estas fotografías son huellas del pasado, indicios con las cuales podemos estudiar el cambio educativo, el ideario pedagógico de una época y las intersecciones ideológicas y políticas que construyeron visualmente la escuela pública.[8]

Figura 1 · “Junior Red Cross Workers, Ponce High School”. Revista Escolar de Puerto Rico (en adelante REPR), 3, núm. 1 (septiembre 1918): 31.
La innovación en la educación
Las experiencias educativas de la guerra consolidaron la escuela moderna en Puerto Rico. Por esos días emergieron los proyectos educativos innovadores del magisterio. La escuela, según los principales pensadores de la época, debía educar, más que instruir, considerando los otros aspectos de la educación: el físico y el moral.[9] Así, una escuela que formara el intelecto, el físico y la moral estaría “a la altura de la época en el avance de la civilización”, como pensaba Gerardo Sellés Solá, séptimo presidente de la Asociación de Maestros de Puerto Rico (AMPR).[10] Hoy hablaríamos de una educación que considere las emociones, y por qué no, la dimensión espiritual, que no estaba muy alejada de aquel evangelio modernizador que concebía la escuela como la máquina de educar y gobernar a la niñez.[11]
En el gobierno de la niñez, el maestro era una guía, un estímulo, el medio por el cual podían convertirse en sujetos racionales, disciplinados, cívicos y productivos. También existía profundo amor por la niñez y la enseñanza; una profunda convicción de que la transformación personal era posible. La receta era la educación pública moderna, una educación práctica que educara para la vida, pero que contenía un alto contenido moral destinado a gobernar las pasiones humanas. En esta historia, lo que resulta interesante es que ese proyecto de modernidad educativa se articuló a partir de proyectos pedagógicos innovadores que crearon un entusiasmo por el cambio educativo que perduró durante el resto del siglo veinte. Ustedes son los herederos de esa tradición.

Figura 2 · Grupo de maestros posando con el Lcdo. Francisco Vizcarrondo en su nombramiento como subsecretario de Instrucción Pública. REPR 11, núm. 6 (febrero 1927): 18. Fotografía de uno de los hermanos Cifuentes, Arturo o Rogelio, pioneros del medio en Puerto Rico a inicios del siglo 20.
Pero esa historia, como muchas otras de nuestra educación pública no se conocen, porque la americanización en Puerto Rico ha eclipsado el estudio de la escuela y del magisterio. El impulso transformador de esa época se produjo bajo la mentoría de los maestros y maestras, los guías lumínicos de la educación. La agricultura, la economía doméstica, las artes manuales, la educación física, la Cruz Roja Juvenil y otras formas de escolarización, como la música, el arte y las celebraciones escolares, se convirtieron en nuevas expresiones que le permitió al magisterio convertirse en la “fuerza inteligente y culta” a la que aspiró Antonio Sarierra, fundador y primer presidente de la AMPR.[12]

Figura 3 · Banda escolar de Loíza. REPR 11, núm. 6 (febrero 1927): 21.
Esos eran los ideales de la escuela moderna.[13] Con ese título, la maestra ponceña Lorenza Brunet ganó el primer Certamen Pedagógico de la AMPR en 1918, una tradición que se remonta al último tercio del siglo 19, cuando las asociaciones de maestros de San Juan y Lares promovieron la modernidad educativa.[14] Esta actividad hunde sus raíces en esa tradición.
Entre 1917 y 1919, en las grandes emergencias de la guerra, el terremoto de San Fermín y la pandemia de influenza, las maestras y estudiantes de la Cruz Roja Juvenil operaron como el “estandarte santo del consuelo”, iniciando una de las campañas salubristas más grandes del siglo desde la escuela.[15] Durante el resto de la década institucionalizaron servicios de inspección médica y dental, sufragaron una caseta en el Sanatorio Antituberculoso en Río Piedras y una ambulancia en Francia, donde también sostuvieron económicamente a Edmond Gruber y Hélène Jacquemin, huérfanos de guerra.

Figura 4 · “Relief Committee During Epidemic of Influenza, Comerío”, REPR 3, núm. 7 (marzo 1919): 66. Esta es una de las pocas fotografías de la pandemia de influenza. Esta fotografía forma parte de la portada del libro de la historiadora Mayra Rosario Urrutia, La epidemia reinante (2018).

Figura 5 · “Edmond Gruber, orphan boy of France, who is being given a course in steel engraving by Junior Red Cross of Porto Rico”, REPR 5, núm. 7 (marzo 1921): 33. Esta fotografía fue obtenida de un número digitalizado de la Revista Escolar, ya que las páginas 33 y 34, donde se encuentra esta fotografía, no está en el número consultado en papel. Quizás el niño francés despertó la curiosidad de algún lector o educador.

Figura 6 · “Hélène Jacquemin”, REPR 6, núm. 9 (mayo 1922): 36-38. Jacquemin fue, junto a Guber, uno de los dos niños franceses huérfanos que la Cruz Roja Juvenil de Puerto Rico brindó becas para que culminara su educación secundaria en el Lycée Sévingé, en Ardennes, Francia, finalizada la Primera Guerra Mundial. Su padre, un espía francés, y su hermano, fueron abatidos en el combate. Fue nombrada, posteriormente, Pupille de la Nation, o sea, Alumna de la Nación. Esta fotografía se encuentra en la Biblioteca del Congreso bajo el título “Helene Jacquemin, pupil of Lyces Sevigne, Charleville (Ardennes) France. Scholarship holder, born 1904 underwritten by juniors of Porto Rico [i.e. Puerto Rico]”.
En 1922, el entonces comisionado Juan B. Huyke, uno de los mayores promotores de la cultura física, reclutó a los primeros siete maestros de educación física, entre ellos dos glorias del del béisbol puertorriqueño, los hermanos Francisco ‘Ciquí’ y Pedro ‘Fabito’ Faberllé. Los jinetes del béisbol se encargaron de las tropas escolares de los distritos de San Juan y Caguas, respectivamente, cuando tomó auge la educación física finalizada la conflagración.[16] A diferencia de las otras materias que tomaron impulso durante el conflicto bélico, su impulso llegó en los días de paz, cuando se redefinió la educación física. El atletismo en Puerto Rico despegó en las escuelas públicas.
Los Juegos Interescolares fueron una de las principales festividades que rompían con la monotonía escolar en los meses de marzo, atrayendo “grandes concurrencias y la rivalidad entre escuelas produjo extraordinario colorido”.[17] En la Clase AA competían las escuelas superiores y la Universidad de Puerto Rico, hasta que su separación en 1926 produjo la fundación de la actual Liga Atlética Interuniversitaria. En su transformación, se institucionalizó el deporte escolar y se creó un discurso de civilidad, disciplina y salud sobre la educación física como movimiento que Fabito encarnó:“orientado hacia ideales más elevados… aspiramos ahora a ofrecer a cada niño la oportunidad de actuar en situaciones que sean físicamente saludables, mentalmente estimulantes y satisfactorias, y socialmente deseables”.[18]

Figura 7 · “Caguas High School Baseball Team”, Revista Escolar de Puerto Rico 11, núm. 5 (enero 1927): 20. El hombre negro con boina debe ser Pedro Faberllé, quien era entonces maestro de cultura física en Caguas.

Figura 8 · Arturo Cifuentes, NARA, Photographs of Puerto Rico 1935-1952, Education Pupils, “Interscholastic Meet of the Rural Schools of Puerto Rico held in Mayagüez Entrance to the "Gran Feria Exposicion," Puerto Rico”, 1927, https://catalog.archives.gov/id/470389576. Los dos dirigentes negros a la izquierda de los estudiantes parecen ser Pedro ‘Fabito’ Faberllé y su hermano Francisco ‘Chiquí’ Faberllé. Hay niños descalzos y muchos son negros. A la derecha, el inspector escolar Carlos V. Urrutia, anterior superintendente de cultura física antes que Julio Fiol Negrón.
En enero de 1927, el maestro Agustín García Estrada afirmó que los huertos escolares servían a fines caritativos, porque el “dinero recolectado de la venta de cientos de matas de lechugas, rábanos, pimientos, etc., está siendo dedicado a la compra de uniformes a niños pobres”.[19] En Puerto Rico se intentó promover la enseñanza de la agricultura práctica, pero fue con los “United States School Garden Army” que cobró impulso, generando un amplio movimiento de huertos escolares y doméstico durante toda la década.

Figura 9 · NARA, “José Pablo Morales Graded School (School Garden) 1926-1927 Rincon, Porto Rico”, 12 de marzo de 1927, https://catalog.archives.gov/id/317853930. La fotografía, montada en una tarjeta de cartón rectangular, lleva en el reverso una dedicatoria: “Sinceramente dedicado a nuestro querido inspector, Hatuey Díaz Baldorioty. Por la clase de agricultura. Rincón, Porto Rico, 12 de marzo de 1927”. La firman Eladio Seda y Juan Ruiz. Díaz Baldorioty fue un destacado inspector escolar, nieto de Román Baldorioty de Castro.

Figura 10 · “Feria agrícolo-industrial en Aguas Buenas”, Puerto Rico Ilustrado, 4 de junio de 1921, 27.
La movilización patriótica se transformó en proyectos educativos y empresariales, cuyos frutos alimentaron a cientos de personas, se exhibieron y se fotografiaron como verdaderos trofeos. En un país hambriento, una “enorme yuca de 72 pulgadas”, no era solo “objeto de admiración”, sino que era una victoria.[20] Ese fue el caso de la exhibición agrícola de Aguas Buenas, celebrada en 1921, cuyo joven aparece posando tubérculo en mano, para no albergar dudas sobre la cosecha.
La captura del fotógrafo mayagüezano Arturo Cifuentes eternizó a las estudiantes de la clase de economía doméstica de la señora Carmen Acevedo, de la escuela Riera Palmer, preparando los “Christmas Boxes” que las niñas puertorriqueñas enviaban a Estados Unidos. La economía doméstica y la Cruz Roja se unieron en la cruzada de la salud, del humanitarismo y de la cooperación internacional, cuyas redes de solidaridad llegaron a Europa y Medio Oriente, fueran encajes, juguetes o cartas.
Esta fotografía del afamado fotógrafo que, junto a su hermano Rogelio conforman parte del grupo de los pioneros del medio en nuestro país, apareció recientemente en un grupo de fotografías digitalizadas por los National Archives and Records Administration (NARA). Son las únicas hasta ahora que nos permiten una mirada a esas operaciones de enhebrar el progreso que hasta ahora nos había sido impedido.

Figura 11 · Arturo Cifuentes, NARA, “Class in Sewing in Charge of the Teacher, Carmen Acevedo, Riera Palmer School, Mayagüez, Puerto Rico”, (1927). Original Caption: “Clase de Costura a cargo de la profesora Carmen Acevedo, de las Escuela Riera Palmer de Mayagüez, P. R.”.
El largo plazo
Un siglo después, estamos aquí, celebrándoles como innovadores de una educación que no acaba, sino que siempre comienza. Estamos en el punto de partida, donde los founders de la educación moderna puertorriqueña señalaron la coordenada de la escuela pública, a la que hay estudiar, como también a ustedes. Sellés Solá, uno de esos pioneros, la estableció con claridad: “La escuela debe ser el centro de progreso de la comunidad, el maestro la mano directora, la inteligencia que cree, el espíritu elevado y noble que estimule al pueblo y lo inspire en elevados ideales”.[21]
Aunque los cánones de la historia ‘científica’ suponen una distancia entre objeto y sujeto, no guardo mi profunda fe en la educación y mi profunda admiración al magisterio. Ningún cambio es posible sin la voluntad y la utopía que movió, y sigue moviendo, a viejos y nuevos educadores.[22] Y siempre debemos tener presente que, como decía Fernando Picó, “el cambio a largo plazo llega por la educación”.[23]
Muchas gracias.
[1] “Notas Escolares, Camuy”, Revista Escolar de Puerto Rico (adelante como REPR) 3, núm. 3, (noviembre 1918): 63.
[2] Véase de Silvia Álvarez Curbelo, “Guerra y destino. Puerto Rico y la Primera Guerra Mundial”, Incorporaciones, boletín núm. 81 (San Juan: Academia Puertorriqueña de la Historia, 2019): 122-143; María de Fátima Barceló-Miller, Feminismo pacifista: la liga femínea puertorriqueña ante la entrada de Estados Unidos a la “Gran guerra”, 1917-1919, Incorporaciones, 236-262.
[3] Notas Escolares, 65; Isidro A. Sánchez, “La Cruz Roja de Luquillo”, Revista Escolar de Puerto Rico 3, núm. 3, (noviembre 1918): 39.
[4] Notas Escolares, 65.
[5] Notas Escolares, 65, 66.
[6] Jean-François Condette, editor, Les Écoles dans la guerre: acteurs et institutions éducatives dans les tourmentes guerrières (XVIIe-XXe siècles) (Villeneuve d'Ascq, Francia: Presses universitaires du Septentrion, 2014/2016).
[7] Guillermo Encarnación, “Campaña rural, producción y conservación de alimentos”, REPR 3, núm. 3 (noviembre 1918): 34.
[8] Roland Barthes, La Cámara lúcida: notas sobre la fotografía, traducción de Joaquin Sala-Sanahua (Barcelona: Paidós, (1980/1989); WJT Mitchell, ¿Qué quieren las imágenes?: una crítica de la cultura visual, traducido por Isabel Mellén (Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Sans Soleil Ediciones Argentina, 2017); Carlo Ginzburg, Mitos, emblemas, indicios: morfología e historia, traducción de Carlos Catroppi (Barcelona: Gedisa, 1999).
[9] Los ejemplos más paradigmáticos los representan educadores como José González Ginorio, Gerardo Sellés Solá y Lorenza Brunet, y médicos como Francisco del Valle Atiles. Véase, González Ginorio, “Enseñanza moral y cívica”, REPR 1, núm. 9 (noviembre 1917): 20-23; “Mensaje del presidente, Sr. José González Ginorio, leído ante la Asociación de Maestros de Puerto Rico, reunida en su Décima Asamblea Ordinaria”, REPR 5, núm. 6 (febrero 1921): 17; Francisco del Valle Atiles, “A propósito del progreso de las escuelas”, Puerto Rico Ilustrado, 29 de marzo de 1924, 37.
[10] Gerardo Sellés Solá, “Carta Circular No. 8”, REPR 5, núm. 9 (mayo 1921): 39. Este año se conmemora el 80 aniversario de su repentina muerte cuando enseñaba en el Colegio de Pedagogía. Hay que rescatar su figura. Véase de Víctor M. Bonilla Sánchez, “Gerardo Sellés Solá: hacia una memoria del maestro de maestros”, mensaje que ofrecería en ocasión del panel “Colección Digital Gerardo Sellés Solá: historia de la educación en Puerto Rico, siglos XIX y XX”, en la Biblioteca Gerardo Sellés Solá, Facultad de Educación, el jueves, 23 de abril de 2025. No se pudo realizar debido a la huelga, la que esperamos se retome pronto.
[11] Pablo Pineau, Inés Dussel y Marcelo Caruso, editores, La escuela como máquina de educar: tres escritos sobre un proyecto de la modernidad (Buenos Aires: Paidós, 2010).
[12] Libro de Actas de la Asociación de Maestros de Puerto Rico, 1910-1915, Acta fundacional de la Asociación Insular del Magisterio, 23 de marzo de 1910. Esta organización se fusionó con la Asociación General de Maestros, fundada en Mayaguez el mismo día, en la asamblea fundacional
[13] Lorenza Brunet, “Ideales de la escuela moderna”, REPR 3, núm. 9 (mayo 1919): 16-18.
[14] Víctor Hernández Rivera, “Magisterio y modernidad: la discusión cultural y el surgimiento de las organizaciones de maestros en Puerto Rico (1880-1900)”, en Eloy A. Ruiz-Rivera y Nilda García Santiago, editores, Un siglo de lucha educativa: legado histórico de la Asociación de Maestros de Puerto Rico (San Juan: Asociación de Maestros de Puerto Rico, 2012), 80.
[15] Sánchez, La Cruz Roja de Luquillo. Consúltese de Mayra Rosario Urrutia, La epidemia reinante: llegada, difusión e impacto de la influenza en Puerto Rico, 1918-1919 (San Juan: Ediciones Laberinto, 2018).
[16] El cronista Luis Montañez bautizó a los peloteros Pedro y Francisco Faberllé, José ‘Gacho’ Torres y Cosme Beitía Sálamo como “Los Cuatro Jinetes”. Emilio Huyke, Los deportes en Puerto Rico (Connecticut: Troutman Press, 1968), 81.
[17] Huyke, Los deportes, 189.
[18] Pedro Faberllé Letton, “The object and the scope of physical education in our school system”, REPR 10, núm. 6 (febrero 1926): 39.
[19] “La labor Agrícola-Escolar en Río Grande”, El Mundo, 23 de febrero de 1927, 3.
[20] “Feria agrícolo-industrial en Aguas Buenas”, Puerto Rico Ilustrado, 4 de junio de 1921, 27.
[21] Sellés Solá, Carta Circular, 41.
[22] Tomo el planteamiento de Pedro L. San Miguel, quien señala que “… el canon de la historia científica, que asume que entre el sujeto que se investiga y el objeto investigado debe mediar una distancia, y que entre uno y otro no debe existir una relación tan cercana como el amor”. En “Introducción: Del amor, de sus “flores” y de sus “vainas””, Crónicas de un embrujo: ensayos sobre historia y cultura del Caribe hispano (San Juan: Ediciones Callejón, 2016), 17.
[23] Fernando Picó, Realengos y residentes: los menores en San Juan, 1918-1940 (San Juan: Centro de Investigaciones Históricas, UPRRP, 2019), 13.




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